Cuando era chica tenía el pelo larguísimo, como ahora, y me encantaba llevarlo suelto. El problema era que se me enmarañaba todo. Y recuerdo, como me escapaba de mi mamá que amenazante y con peine en mano me corría por toda la casa. Fue a esa temprana edad que aprendí lo que duele desenredar un brollo.
Pero a medida que fui creciendo, esos enredos se mudaron del pelo a la cabeza. Digamos que de tanto pensar estoy toda enmarañada. Para seguir adelante necesito desenredarme. Entonces... ¡a buscar la punta del ovillo se ha dicho!
